La jardineria

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DE ACUERDO AL “MODELO CLÁSICO”
Hace mucho tiempo, cuando la fotografía no existía aún, pero sí la jardinería, había un cultivador en Inglaterra que mandó confeccionar un catálogo muy especial. Robert Furber, esté era su nombre, vivió entre los años 1674 y 1756 y comenzó a trabajar como cultivador en Kensington Gore alrededor del año 1700; inmediatamente tuvo un gran éxito, gracias a que el obispo Compton le encargó el suministro de plantas para los jardines del famoso Fulham Palace.
Robert Furber era, además de buen cultivador, un excelente hombre de negocios, como lo demuestra el hecho de que supiera aprovechar muy bien el encargo y lo explotara pidiendo nada menos que al pintor Pieter Casteels (1684-1749), natural de Amberes, que confeccionara el catálogo “Doce meses de flores”, que se terminó de pintar en 1730, y el catálogo “Doce meses de frutas”, confeccionado en 1732. Este especialista en flores de origen inglés no podía encontrar un medio de promoción más bello que el que le proporcionó Casteels. La lista de flores de cada uno de los meses del año hace suponer que los productos que él suministraba eran excelentes. Es una colección que aún hoy resulta interesante. Es por eso que los capítulos de este libro dedicados a la primavera, al verano y al otoño comienzan con arreglos florales, inspirados en esos grabados.
Cualquiera que se atreva a realizar un arreglo florar según el modelo clásico comprobará que el papel y las telas lo aguantan todo pero que no siempre el resultado logrado es tan bonito como el de la pintura. Podrá así descubrir que el pedúnculo de su tablero de damas (Fritillaria meleagris), cogida con tanto cuidado, no se dobla en absoluto como en el dibujo, sino mucho menos decorativa y elegantemente, o que el ramillete de narcisos blancos (Narcissus “Paperwhite Grandiflora”) huele realmente muy bien, pero que es imposible colgarlo del arreglo con tal ligereza. Además, verá que los fuertes tallos del tulipán, de la corona imperial (Fritillaria imperialis), del ranúnculo (Ranunculus) y del Jacinto tienen una flexibilidad completamente diferente de la sugerida por el modelo de la pintura.
En conclusión, lo mejor será que, al tratar con la naturaleza, cada uno proceda según su criterio. Por ejemplo, si usted va al jardín no debe ir con la intención de coger las mejores flores y ramas; por el contrario, coja preferentemente las flores cuyos pedúnculos estén torcidos, las que estén un poco colgantes e incluso aquellas que estén caídas o apoyadas en sus compañeras más erguidas y altivas. Si los pétalos estuvieren cubiertos de tierra por estar la flor caída en el suelo, lo mejor será lavarla cuidadosamente, siempre y cuando la caída no la haya estropeado demasiado.
Lo mismo ocurre con los arbustos y los árboles; no se deben coger los retoños rectos del año pasado sino que, por el contrario, se buscará en la parte interior del arbusto, donde seguramente habrá numerosas ramitas quebradas o un espécimen nudoso lleno de botones de flores y de hojas. Si para lograrlo hubiere tenido que cortar una rama más grande que la que se necesita para el arreglo del “modelo clásico”, utilice las ramitas laterales de cerezo, manzano, peral u otras especies similares para hacer un pequeño “huerto frutal”.
En general no es conveniente atar las flores con alambre para colocarlas en los ramos, pero a veces éste puede resultar útil si se lo emplea con moderación; no sólo para lograr que los tallos rígidos adopten una línea más flexible, sino también para facilitar la inserción de aquéllos más delgados y delicados, como los de la campanilla blanca (Galanthus nivalis), del nazareno (Muscari botryoides) y de la anémona de los bosques (Anemone nemorosa). Estas delicadas florecillas son, comúnmente, lo último que se inserta en los arreglos florales, para llenar pequeños huecos o para proporcionar un detalle colgante. Para entonces, el bloque de gomaespuma está tan atiborrado con los elementos más grandes que la única solución para que las ramitas más delgadas no se quiebren al ser colocadas y para que queden bien sujetas es rodearlas con alambre.
Para comenzar su arreglo siguiendo el “modelo clásico”, coja un florero e introduzca en él un bloque de gomaespuma, asegurándose de que esté bien empapado en agua (para comprobar si lo está, se sumerge en el fregadero en un cubo con agua: si se hunde rápidamente tiene suficiente agua; si en cambio hay que colocarle encima un pero para mantenerlo sumergido, quiere decir que el núcleo del bloque todavía está seco y que, por lo tanto, los tallos no encontrarán el agua necesaria).

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